sábado, 31 de julio de 2021

EL HAMBRE Y LA FE. Domingo XVIII Ordinario.

 01/08/2021

El hambre y la fe.

Domingo XVIII T. O.

Ex 16, 2-4. 12-15

Sal 77, 3. 4bc. 23-25. 54

Ef 4, 17. 20-24

Jn 6, 24-35

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Jesús desenmascara a esos seguidores que solo van tras él por haberse saciado. Ni siquiera les importan los prodigios, dice, únicamente buscan su propia hartura. Para tener miles de seguidores sólo hay que ser capaz de ir un poco más lejos que cualquier otro y calmar la insatisfacción que anida en el interior de los corazones. Pero ese es un hartazgo que dura poco: siempre vuelve a despuntar el vacío que en muchos hombres y mujeres se va extendiendo como un desolador yermo interior. Hubo una época en la que al caminar por el desierto todos podían recoger carne por la tarde y maná por la mañana, es decir: el día entero. Nadie quedaba desprotegido y todos recolectaban según su necesidad. La necesidad física es la otra cara de la moneda. Muchas veces no queda tiempo para saciar la sed de ser que todos sentimos en nuestro interior, porque lo perentorio es simplemente la sed. También aquí nos vale la referencia a las codornices y al misterioso maná. El alimento que Dios da es suficiente en cualquier caso, físico o anímico, siempre que no se quiera acumular en exclusiva. La fe dice confianza, no acaparación. Unos buscan perentoriamente pan; otros, pan que sacie.

Esta doble perspectiva es propia del cuarto evangelio. Ante ella podemos preguntarnos si no habrá manera de conjugar ambas realidades y esta lectura de hoy nos da la respuesta: “la comida que permanece y da la vida eterna” es hacerse comida para los demás. El vacío existencial en el que muchos se mueven les impulsa a buscar continuamente alguien o algo a quien seguir. Es una suerte de peregrinación en la que tan sólo se percibe la voracidad de ese hueco insaciable. Y estos son los que, como a Jesús, nos preguntan qué señal tenemos para ofrecerles. No importa qué señal sea, pero recuerdan que Moisés consiguió de Dios el maná y cualquier signo puede ser un indicio que les indique que es aquí donde puedan colmar sus ansias. Jesús, sin embargo, no quiere ofrecer pruebas porque eso sería lo mismo que convertir piedras en panes y ya sabemos que ese es mal método. Sin embargo, afirma que la única obra buena es creer en el enviado: aceptar su estilo de vida, adoptar su mismo proceder. Es hacerse obra uno mismo y renunciar a la antigua manera de vivir. Tenemos, nosotros igual que ellos, que potenciar la nueva condición humana: ser la imagen de Dios que somos. Para eso, nos recuerda Pablo, hemos conocido a Cristo.

Jesús convoca a todos los que tienen hambre y sed. Unos no pueden ignorar los zarpazos de esa condición de hambrientos. Otros aún no saben cuál es su hambre, pero viven heridos por su propia insatisfacción. Para estos, la única terapia posible es transformarse en Moisés, dejar de buscarse por encima de todo lo demás y recordar que el prodigio no es obra suya, sino de Dios que se comunica y libera a través de ellos. Potencian así las criaturas nuevas que son y transmiten a todos los demás un valioso mensaje de compañía y estímulo: “No estás solo; eres imagen de Dios llamada a actualizarse para hacer del mundo un lugar mucho más habitable para todos.” Colmar el alma y aquietarse es el resultado de ir hacia el pan de vida y creer en él; la transformación del mundo que consigue aplacar definitivamente el hambre de los demás es el efecto que esa fe produce.


El hambre y la fe


sábado, 24 de julio de 2021

ATRAVESAR LA OSCURIDAD. Domingo XVII Ordinario - Santiago

 25/07/2021

Atravesar la oscuridad

Domingo XVII T.O. - Santiago

Hch 4, 33; 5, 12. 27-33; 12, 2

Sal 66, 2-3. 5. 7-8

2 Cor 4, 7-15

Mt 20, 20-28

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“Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Ellos tienen su propia forma de hacer las cosas y piensan que sentarse a la derecha o a la izquierda del maestro es conquistar la certeza de estar en el buen camino. Mientras tanto, los demás tienen la evidencia de que no andas errado. El resultado evidente de esa certeza reconocida es el poder. Siempre ha sido uno de nuestros puntos más flacos. Instalarse en él es reconocerse unos cuantos escalones por encima de los demás y esa fractura en la fraternidad nos abre el camino a buscar siempre nuestro propio beneficio; porque nos lo merecemos. Así ocurre con los gobernantes del mundo, es evidente. Pero también  nosotros, a pesar del encargo expreso de Jesús, nos calzamos demasiadas veces el mismo perfil autoritario que ellos; porque tenemos razón. Y entre tener razón y ser mensajeros de la verdad hay un paso muy corto.

Pablo nos dice que somos frágiles portadores de un tesoro. Él habla de persecuciones porque esa fue su experiencia. Y, pese a todo, resiste sin rendirse. Aquí vendrá bien recordar que a él le hostigaban sus antiguos correligionarios por considerarle un traidor, pero también lo hacían aquellos cristianos que se identificaban aún con la sinagoga y no entendían que su fe debiera ponerse al alcance de paganos. Habla de una muerte que nos dará la vida. Morir fue para él una amenaza real y para Santiago y otros una realidad consumada. Para nosotros, aquí, es reconocerse vasija de barro y no ceder al impulso vital que nos llevaría a creernos autores de la obra. Entre eso y creernos con derecho a  organizar la vida de los demás hay también un paso muy corto.

Y pasito a pasito se va haciendo un camino que puede alejarnos mucho de la intención original que Jesús iba explicando. Hay que beber su mismo cáliz: hacerse disponible para todos, incluso para los malos, que siempre son los otros. Hay que servir a los demás y no dejarse servir por ellos. Y muchas veces tendremos que repetirnos este “no te dejes servir”. Y tendremos que repetirnos también ese “Creí, por eso hablé”. En esto se basa todo: la autoridad surge de la autenticidad que aflora sin más pretensión que compartir la propia experiencia y ser útil en la construcción de un mundo que se halla siempre en camino. En camino hacia donde el sol se pone, porque lo nuevo sólo puede surgir de la oscuridad que deja lo ya conocido cuando se agota. Ya sabemos lo que este sistema de iluminado ordeno y mando da de sí; hay que suscitar, desde el caos que origina, un amanecer en el que lo diferente prometido pueda hacerse presente. Vivimos en permanente peregrinación hacia el finis terrae, como el Santiago de la leyenda, para agotar este mundo y darle la vuelta. Pero el camino no puede ser avanzar esos pasos tan cortitos. Hay que dar pasos decididos hacia la oscuridad para atravesarla porque sólo venciéndola es como podremos fructificar. Vencer la oscuridad de nuestras ansias de seguridad y del mal que parece imponerse por todas partes mientras transformamos nuestra fragilidad en candela para todos es resucitar. Y así, porque creo hablo y, como servidor de la verdad que no se deja aprisionar por ninguna seguridad ni cede a la tiranía autoritaria de quien se piensa sentado al costado de la Verdad, me uno a un pueblo que peregrina pidiendo justicia y horizontes nuevos y busca siempre otros caminos.


Atravesar la oscuridad


sábado, 17 de julio de 2021

CON ÉL Y EN ÉL. Domingo XVI Ordinario.

 18/07/2021

Con él y en él.

Domingo XVI T.O.

Jer 23, 1-6

Sal 22, 1. 3-6

Ef 2, 13-18

Mc 6, 30-34

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Estar con Jesús es ser pastor. No existe un retiro idílico en el que se pueda gozar a solas de su compañía. Embarcarse con él es dejarse alcanzar por todos aquellos que, buscándole, llegan desde todas las aldeas. El corazón de Jesús es tan sólo uno y en él cabemos nosotros al buscar refugio, pero no nos tiene destinado un descanso en aislamiento sino que nos brinda la ocasión de salir de nosotros mismos y ponernos a disposición de los demás porque esa es la manera de ser que él nos quiere enseñar. Es su propia forma de ser. Es Dios que se da y hombre que se realiza divinizándose. La divinización no es un endiosamiento, sino una participación en la naturaleza divina que ha participado antes en la nuestra mostrándonos cuál podría ser su perfeccionamiento definitivo.

Existen quienes se presentan como pastores, pero no hacen más que desparramar a las ovejas lejos de los pastos del Señor. Son quienes imponen mandamientos y se empeñan en mantener la distinción entre puros e impuros manteniendo el sometimiento a la Ley como signo de pureza. Así que será él mismo quien las reúna y las conduzca hacia fuentes tranquilas para reparar sus fuerzas y suscitará un vástago de la casa de David que practique la justicia y el derecho. No existe otro criterio para reconocer al verdadero enviado: justicia y derecho para las multitudes que de todas partes llegan buscando quien pueda consolarlas después de haber sido aplastadas por la exigencia de tanta norma. Nosotros ahora estamos en Cristo Jesús, nos hemos retirado con él y todo aquel que lo busque sinceramente terminará por encontrarnos porque ahí estamos: en los manantiales a donde él nos ha llevado, en la orilla en la que con él hemos recalado, pero no para aislarnos de la realidad en una burbuja dorada, sino para atender a los que llegan buscando, a los que la compasión de Jesús convoca igual que a nosotros. Jeremías profetizó que Dios iba a apiadarse de las ovejas diseminadas por los falsos pastores y Jesús, tan Dios como hombre, asumió como propia esa promesa. Su motor es siempre el amor por eso su justicia nunca es venganza, sino reparación de situaciones que perpetuán la injusticia y aumentan el sufrimiento de la gente. Descubrir a Dios, conocerle, es aceptar ser pastores los unos de los otros y reconocer que todos estamos reconciliados con él en una paz que estamos llamados a acrecentar.

Las separaciones y las fronteras no tiene ya ningún sentido; los retiros exclusivos tampoco; parapetarse tras los privilegios que nos hemos construido o heredado por azar, mucho menos.  Habitar en la casa del Señor es estar, como él y todos los que con él están, disponible para acoger a quienes llamen a la puerta y dispuesto a compartir con ellos, por años sin término, la plenitud en la que nos introduce. Ese sitio tranquilo es el ámbito en el que nos comportamos como Dios mismo lo haría; tal como vimos comportarse a Jesús. No es un espacio físico. Es un ecosistema que vamos creando al construir relaciones basadas en el compartir y en el acercamiento a los demás sin exigirles que cumplan normas ni condiciones que han quedado ya superadas por el amor que Jesús nos dejó como señal. 

 

Con él y en él

 

sábado, 10 de julio de 2021

NO-DOS. Domingo XV Ordinario.

 11/07/2021

No-dos.

Domingo XV T.O.

Am 7, 12-15

Sal 84, 9ab. 10-14

Ef 1, 3-14

Mc 6, 7-13

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                Amós es enviado a Israel para alertar sobre la ruina inminente pero no es escuchado. Su vida se vio súbitamente transformada cuando Dios le arrancó de sus días sencillos y le puso en la tesitura de tener que enfrentarse a los profetas de Betél y anunciar la caída del reino. Jesús, en cambio, no envía a nadie solo sino que, al contrario, manda a sus amigos de dos en dos. Una pareja es ya un grupo, una comunidad. En ella se vive la unidad y ese lazo tiene valor hacia dentro y hacia fuera: se vive la gratuidad, se confía en lo esencial y se tiene poder sobre los malos espíritus; propios y ajenos. Los compañeros de camino son compañeros de vida. La comunidad, o la pareja, se hace presente en cualquier casa donde sea acogida y come cualquier cosa. No hay lugares ni comidas impuros. Tampoco tiene problema en relacionarse con nadie ni en acoger a los que llaman a su puerta; lo comparte todo y acepta lo que le ofrecen. Ni impone, ni engaña. Frente al rechazo, simplemente se da la vuelta pero no castiga, ni condena ni amenaza, como hubiéramos visto hacer a Amós si hubiésemos seguido leyendo unos pocos versos más; como todavía hacen muchos que ven rechazada su gran y única verdad. La pareja, o la comunidad, sana y rescata. Restaña muchas heridas pero también nos coloca (a los de dentro y a los de fuera) frente a nuestras incoherencias y contradicciones; nos amonesta cuando erramos y denuncia los males que otros sufren por nuestra causa.

Por medio suyo Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. Aunque parece que aún hay quien no se da cuenta sus amigos son muchos más que su pueblo. La comunidad y la pareja son portadoras de este mensaje fantástico. Pero no simples mensajeros; son verdaderos agentes; son buena noticia que realiza lo que anuncia. Hacen con todos lo que Dios ha hecho ya con ellas: elige, destina, salva y revela el plan final: recapitularnos, re-unirnos a todos y a todo en la única realidad de Cristo que aquí ya no hace referencia a un ser humano concreto sino al estado al que la creación entera está convocada.

De dos en dos caminan los compañeros. Tradicionalmente se ha dicho que la pareja, la familia, es como una pequeña comunidad doméstica. Yo prefiero construir desde abajo, por eso opino que es la comunidad la que debe parecerse a la pareja, a los dos que caminan juntos, esa unión es el centro de todo. En ese universo en proceso de cristificación universal también las parejas se van cristificando. Así, se transforman en algo mucho mayor que la simple combinación de dos y pasan a ser no-dos. No son simplemente uno. Son una única realidad en la que ambos se unen sin mezcla ni confusión y, a la vez, se mantienen íntegros sin división ni separación. Son no-dos tal como fue la unión entre Dios y hombre en Jesús el Cristo. Jesús sabía bien lo que hacía cuando nos envió de dos en dos. Es la única manera de trascender esa barrera que somos nosotros mismos. Esto que se entiende bien para cualquier pareja es mucho más complicado de ver al aplicarlo a la misma familia, o a comunidades más grandes, incluida la Iglesia, digámoslo claro. Y sin embargo, poniendo en práctica ese no-dos es como se puede aprender a amar sin poseer, enseñar sin esculpir, opinar sin coaccionar o entregar sin chantajear. Así podremos expulsar cualquier espíritu dañino: evangelizar.


No-dos

Para Pili; compañera en el camino.

sábado, 3 de julio de 2021

LA FUERZA Y LA DEBILIDAD. Domingo XIV Ordinario

 04/07/2021

La fuerza y la debilidad

Domingo XIV T.O.

Ez 2, 2-5

Sal 122, 1-4

2 Cor 12, 7b-10

Mc 6, 1-6

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Querido hijo de Adán, hijo del hombre, de un ser humano cualquiera: Me dirijo a ti, seas mujer o varón, da igual. Sé quién y qué eres; eres un ser capaz de albergar mi Espíritu. Deja que este aliento mío te ponga en pie ante todos los demás para que puedas transmitirles esto mismo a todos ellos. Es posible que muchos no te hagan caso porque dirán que cómo vas a tener tú nada que decir si no eres mejor que ellos. Ese es el sarcasmo de los satisfechos. Nada hay que pueda conmover la conciencia de los hartos porque son incapaces de ver más allá de su propio hartazgo y de lo necesario para mantenerlo así, bien orondo.

Tú, en cambio, vive siempre atento a la realidad porque en ella me voy revelando a quien quiera conocerme. No temas caer en vanagloria alguna; cuando yo me muestro no arrastro a nadie lejos de lo cotidiano sino que, al contrario, si quieres, te pondré en contacto con el fondo último de todo y en él podrás conocer el escepticismo sin condenarlo y percibir tu propio fracaso como debilidad, no como derrota. Podrás ser fuerte en tu debilidad porque es el resultado de tu renuncia a ser alejado de mí y para ti. Desde que quisiste ser cercano a mí y vivir volcado hacia los demás te fui acompañando discretamente. Tras cada árbol, bajo cada piedra o en el vuelo de cada hoja que caía estaba yo compartiendo contigo cada amanecer y arropándote en cada atardecer. En ese camino y en virtud de tu cercanía a todos te hiciste conocido para ellos con lo cual se arruinó el efecto del misterio. Para quien no es capaz de leer el día a día y se empeña en esperar lo espectacular, nada hay menos digno de crédito que lo ya conocido. Por eso también tú tendrás que escucharte eso de que ya saben quién eres y lo que puedes ofrecer: lo mismo que tu familia antes que tú; lo mismo que todos los que hablan de mí llamando a todo el mundo pero no son capaces de movilizar más que a unos pocos. No te preocupes. La respuesta es siempre individual, aunque no siempre sea personal, porque muchos, simplemente, se dejan llevar.

Lo que otros ven como debilidad es, en realidad, la pureza de tu ser sin disfraces ni envaramientos. Tu fortaleza es la de ser lo que todos querrían ser pero no logran: auténtico. Eres verdad porque no escondes ni tus fallos ni tus errores y porque no te rindes ante el rechazo. Nadie reconoce como verdad aquello que le perjudica o va contra sus intereses y, en ese caso, incluso los milagros son inútiles. Que seas de aquí o de allí es sólo una excusa; lo decisivo es que les muestras lo que querrían ser y el desajuste con lo que han llegado a ser se les hace insoportable. Estos que compartieron sueños y sembraron utopías contigo han terminado por vivir como no esperaban y al reencontrarte la tensión deriva en rechazo. ¿Cómo tú, que te fuiste lejos vuelves ahora a darnos lecciones? Si hubieras estado aquí… Sin embargo, incluso así, saben en el fondo de su conciencia que ha pasado por su vida un profeta. Algo se ha movido en ellos, aunque sea para desearte mal. Esa debilidad tuya es verdadera, es eficiente como un aguijón, pero te recuerda que sigues inmerso en la vida y embarcado en la lucha; que ni te has dejado alcanzar por el conformismo ni te has rendido ante las dificultades o las críticas; sigues siendo un ser humano cabal guiado por mi Espíritu, el que acompaña y arropa.


La fuerza y la debilidad


sábado, 26 de junio de 2021

EL AMOR Y LA JUSTICIA. Domingo XIII Ordinario.

 27/06/2021

El amor y la justicia.

Domingo XIII T.O.

Sb 1, 13-15; 2, 23-24.

Sal 29, 2. 4-6. 11-12a. 13b.

2 Cor 8, 7. 9. 13-15.

Mc 5, 21-43.

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“Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes”. Con esta rotundidad se proclama la intención fundamental de Dios: Que todos tengan vida. Si no ¿para qué la creación? Dios es dios de vivos, no de muertos; así lo recoge la Escritura de labios del mismo Jesús. Sin embargo, la muerte es real, no nos llamemos a engaño y cuando te mueres, te mueres de verdad. Lo que ocurre es que estamos convencidos de que su realidad no puede imponerse a esa otra realidad del amor de Dios. Esta es la realidad superior a cualquier otra y se impone por sí misma. Ni siquiera depende de la voluntad del propio Dios. Por eso la hemorroisa es curada sin que Jesús de su consentimiento. Jesús actúa como Dios lo haría o, si lo prefieres, Dios actúa humanamente en Jesús. La cuestión es que el amor de Dios a la vida se derrama al sólo contacto del necesitado; necesitada, en este caso.

La tradición ha considerado que este milagro estuvo condicionado por la fe. Así, algunos subrayan una arcana concepción según la cual todo debe ganarse con esfuerzo y activan esa concepción comercial que tanto nos ha confundido y tanto ha estropeado. Jesús reconoce el valor de la mujer, un elemento de por sí inferior en aquella sociedad pero cuya enfermedad, además, ha colocado en el bando de los seres impuros. La fe le ha llevado a acercarse venciendo el miedo al rechazo. El objeto de su confianza no era tanto la curación, que parece ser el objetivo final, cuanto la seguridad de no ser rechazada. Se ha curado gracias a que su miedo no fue superior a su fe en Jesús, el humano que actúa divinamente; el hombre que alberga a Dios actuando humanamente. Jesús provocaba fe porque todos se sentían acogidos por Dios en él. Es la vida la que se impone por sí misma, sin pedir permiso ni esperar autorización, pero nunca de forma inadvertida. Dios es amor; Dios es vida y su ser es entregarse; es infinitivo: amar y hacer vivir. La resurrección de la niña es la confirmación de esta realidad. Dios no deja a nadie perdido en la muerte. Contrariamente a lo que piensa la mayoría, la muerte no tiene poder alguno que pueda enclaustrar la vida que Dios ofrece.

El hombre y la mujer, creados a imagen de Dios, están convocados a la inmortalidad y a dar vida igual que la da Dios. La vida es para todos; es fruto del amor de Dios que se entrega sin dejar a nadie fuera. No vale que unos tengan en abundancia y otros pasen necesidad, ni vale tampoco que quien ya tiene llegue a la necesidad para favorecer a quien no tiene. Se trata de que todos tengamos. El secreto de la justicia no está en dar a cada uno lo que merezca, premio o castigo, sino en participar de la voluntad y de la visión que Dios tiene de este mundo: que todos tengan lo necesario, que nadie acumule ni pretenda comerciar con lo que no es suyo. Dar vida es practicar la justicia: asegurar lo necesario para que nadie muera, para que todos sanen, para que todos puedan ser en verdad aquello que son, sin dificultad alguna. Practicar la justicia es hacer el amor y viceversa. Debemos desmentir a quien quiera oponerlas. No podremos entender a Dios si lo vemos excluyentemente como amor o como justicia. Confundimos la justicia con el castigo y el amor con la permisividad. Amar es hacer vivir, exigir de cada uno que sea lo mejor que puede llegar a ser; hacer justicia es asegurarse de que nada podrá evitarlo, procurar a cada uno cuanto necesite para que nada pueda hacerle caer.


Justicia y Misericordia. Parlamento de Edimburgo, Escocia. 


Para Ana y familia.
Para José Javier y familia. 


sábado, 19 de junio de 2021

CONFIANZA Y COOPERACIÓN. Domingo XII Ordinario

 20/06/2021

Confianza y cooperación.

Domingo XII T.O.

Job 38, 1. 8-11.

Sal 106, 23-26. 28-31.

2 Cor 5, 14-17.

Mc 4, 35-40.

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El pueblo hebreo nunca tuvo simpatía por el mar. Les recordaba el caos primitivo sobre el que Dios construyó el mundo. Sólo Él podía dominarlo; así lo expresa el pasaje de Job que leemos hoy. De forma similar, el salmista deja claro que frente a los peligros del mar sólo Dios puede protegernos eficazmente. El hombre osado se adentra en sus aguas buscando el comercio y el beneficio pero el peligro no deja nunca de acechar. En momentos de zozobra la única salvación posible está en el recurso en la misericordia del Señor.  

Zozobra, y bien amenazante, es la que encontró la barca en la que viajaba Jesús con sus discípulos. Ellos acongojados por la fuerza de la tormenta y él dormido en la popa; allí donde suele ir el timón. Sus compañeros le despertaron para que colaborase en el manejo de la embarcación porque, digo yo, que en una situación así no sirve de mucho tener al de al lado durmiendo. Querían que echase una mano y, por descontado, nadie se esperaba que Jesús se pusiera a gritarle a los elementos, pero es lo que hizo. Y cuando todo cesó sus únicas palabras fueron para preguntar a los presentes por su poca fe o por la ausencia total de ella. Y entonces apareció el temor de los discípulos: “Pero ¿con quién andamos?” La fe por la que pregunta Jesús no es una virtud sobrenatural que nos lleva a esperar lo imposible; es la confianza con la que todos deberíamos afrontar cualquier travesía.

La gran travesía que es nuestra vida no está exenta de tormentas y agitaciones. En medio de esos bandazos Jesús nos recuerda la necesidad de confiar. De confiar en Dios, claro, pero también en los demás: en los compañeros de la barca. Todos estamos embarcados sobre la misma cubierta y estamos llamados a valorar a cada uno ya no según la carne, sino según la confianza que su cooperación con todos revele. Jesús fue capaz de morir por mantenerse fiel a esa fe. Ser seguidor de Jesús es sostener la misma confianza. Jesús creyó en el Padre y en cada uno de sus amigos. Pudo dormir junto al timón por la confianza que tenía en aquellos a quienes había pedido que le cruzaran a la otra orilla. Murió por todos porque su confianza en el Padre era superior a cualquier otra reserva y porque todos le parecían dignos de amor y confianza. Jesús tenía confianza en el ser humano; conocía su fondo porque era tal como era el suyo propio. Nos sabía capaces de conocer y amar como él mismo conocía y amaba; de acercarnos a la intimidad ajena sin violentar ni avasallar; de reconocer la huella de Dios en todos y en todo.

El mar es símbolo de muerte; de inmersión para luego emerger siendo nuevos. La vida nos bautiza a todos. Jesús se introdujo sin temor en la zozobra y encontró en ella razones para seguir confiando. Ese es el mundo nuevo; no un mundo ya perfecto y consolidado, sino una realidad esperanzada que no abandona la lucha. “Estar en Cristo”, como dice Pablo, es vivir ya esa nueva realidad. Allí (o aquí) nada existe ya que no sea digno de amor y confianza. De amor exigente que le desafíe a ir siempre un poco más allá y de confianza en que puede dar lo mejor de sí. Esa es la fe de Jesús: su confianza absoluta en el ser humano, creación de Dios llamada a no quedarse estancada, sino a una navegación de altura fruto de la cooperación y la confianza de todos. Así, en esa singladura no quedará sitio para ningún temor.


Confianza y cooperación


sábado, 12 de junio de 2021

LOS FRUTOS DEL REINO. Domingo XI Ordinario.

 13/06/2021

Los frutos del Reino

Domingo XI Ordinario.

Ez 17, 22-24

Sal 91, 2-3.13-16

2 Cor 5, 6-10

Mc 4, 26-34

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Por un lado, es cierto que todos procedemos de algún sitio. Nadie aparece sin más ni es cien por cien original, aunque a todos nos guste presumir de eso. Por otro, es tan importante reconocer las raíces que nos criaron como saber enraizarse en lugares nuevos. Somos ramas arrancadas, brotes que han sido plantados en tierra extraña y estamos llamados a crecer de nuevo. Nueva tierra, nueva agua, nuevos aires… ser hogar nuevo para las aves, para quienes vuelan a la intemperie y necesitan cobijo. La fortaleza que Dios nos da está siempre al servicio de los demás y nuestra frondosidad se secará si lo olvidamos, pero teniéndolo presente, incuso nuestra peor sequedad se volverá un torrente. Esta es la perspectiva de Ezequiel cuyo nombre, precisamente, quiere decir “Dios es mi fortaleza”.

Jesús va más lejos y habla de plantas que crecen y florecen pese a que el hortelano o el jardinero sepan lo justo de los procesos biológicos. La tierra produce su fruto por sí sola, en su anónima intimidad. La más pequeña de las semillas puede generar el arbusto más grande y, de nuevo, las aves hallarán cobijo en él. No es la ciencia ni la sabiduría del ser humano la que produce el crecimiento y cualquier desarrollo será inútil si no es útil para los demás. Podemos tomar esto en clave personal, como el salmista, o comunitaria pero en ambos casos se mantienen las mismas premisas. Primero: lo que surge no está en relación directa a nuestros cálculos, ni a nuestros métodos; surge sin saber cómo. Segundo: si lo que surge es verdaderamente de Dios nunca es algo concluido; está siempre en movimiento y se muestra como una realidad acogedora para todos, con más interés en sanar que en interrogar. Supera siempre nuestras expectativas.

En línea con todo esto Pablo habla de la prisión del cuerpo no por querer evadirse de la realidad, sino porque ese cuerpo es lo conocido, aquello que sabemos cómo tratar y ya nunca sorprende. No es que el cuerpo sea ajeno al Reino, sino que un cuerpo fecundado por el Reino se abre también a todos los demás; se convierte en canal de comunicación y en lenguaje que nos hace inteligibles para cualquier idioma. Lo que surge de la confluencia entre la nueva tierra y la semilla es una respuesta nueva, contenida ya en la originalidad de la propia semilla, pero desarrollada en la química y en las circunstancias de la tierra de forma que surge algo realmente inédito cuya decisiva prueba de autenticidad es servir de hogar a las aves. En esa prueba se basa nuestra confianza que no es andar a ciegas sino ir descubriendo que la vida es el otro nombre del Reino. No todos los que dicen servir al Reino son creadores de vida: mala señal. No siempre los planes y las programaciones dejan espacio para la novedad y la sorpresa: peor. Jesús hablaba en parábolas porque el lenguaje dogmático aprisiona y coarta. Hay que hacerse entender y llegar hasta el nivel elemental en el que todos pueden verse interpelados. A veces será necesario alguna explicación particular, pero nadie puede creerse con derecho a ser intérprete único ni garante exclusivo de la oferta de vida que llamamos Reino porque no existe cuerpo, institución ni asamblea capaz de contenerlo. Florecerá siempre inesperadamente y dará fruto fuera de temporada porque es la única manera de llegar a todos.


Los frutos del Reino


sábado, 5 de junio de 2021

QUE TODA LENGUA CANTE - CORPUS CHRISTI

 06/06/2021

Que toda lengua cante - Corpus Christi.

Ex. 24, 3-8

Sal. 115, 12-13. 15. 16bc. 17-18

Hb. 9, 11-15

Mc. 14, 12-16. 22-26

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El pueblo selló su alianza con Dios mediante la sangre de los animales sacrificados. La mitad de la sangre fue derramada sobre el altar, símbolo de Dios, la otra mitad sobre el pueblo después de refrendar asambleariamente esta alianza. Arropado por las doce estelas que representaban toda la historia anterior, el pueblo comprendió que el pacto exigía la aprobación personal y unánime de todos los presentes. No en vano, la alianza se comenzó como un acuerdo personalizado entre Dios y cada patriarca. No cabía aquí ninguna adhesión masiva. Y así fue. Y podríamos decir: “Pasó una tarde, pasó una mañana…” porque esta alianza colocaba a aquel pueblo de esclavos fugitivos en continuidad con la alianza primera; es una escena creadora; transformadora de la realidad.

Siglos más tarde, en el seno de aquel mismo pueblo se va a producir una nueva alianza. Ya no habrá inmolación de animal alguno, sino que un único hombre movido por el Espíritu eterno se ofrece a sí mismo para llevarnos a todos al culto del Dios vivo. Al culto que no delega ya en rituales ni en sangres ajenas sino que celebra el acercamiento de cada vida a la Vida; que crea; que transforma la realidad. La sangre es símbolo y fuente de vida. Dar la sangre es entregar la vida; hacerse pan para los demás. Jesús utilizó estos símbolos tan potentes para hacer comprender a sus amigos que tenemos la vida para entregarla a los demás. Sus amigos de hoy en día seguimos celebrando que él está presente cotidianamente en los mismos símbolos. Pero esa presencia real requiere un contexto: “donde dos o más os reunáis en mi nombre…” Reunirse en su nombre es asumir su misma forma de vida, ser pan, aceptando sus mismas consecuencias, derramar la propia sangre. Esto es difícil, por eso contamos, como él, con la ayuda del Espíritu. Por eso, en nuestras cenas compartidas invocamos la presencia del Espíritu para que descienda sobre los dones ofrecidos transformándolos en cuerpo y sangre de Cristo, a los que nos unimos personalmente. Esa invocación se llama epíclesis, Y, por eso mismo, después de esa primera volvemos a realizar otra epíclesis sobre la asamblea para que el Espíritu nos conceda la unidad. Esta segunda suele pasar inadvertida para muchos pero es importante porque sin unidad no puede haber acción de gracias. En esta familia, a la unidad la llamamos comunión y se establece entre nosotros y con cualquiera que en su situación concreta requiera que seamos para él comida hasta dar la sangre entera. Sin nuestra implicación personal ya no existe sacramento, todo queda reducido a un acto de magia, a un artificio en absoluto transformador sino, simplemente, continuista.

El cuerpo nos sitúa en el mundo, nos permite relacionarnos con él y las personas que en él están y Jesús se relacionó especialmente con todos aquellos que necesitaban cualquier tipo de ayuda. Estableció con ellos una relación de comunión y la común-idad cristiana entendió ya en los primeros tiempos que esos preferidos eran el altar de Dios. En ese altar Jesús ofreció su vida, no su muerte, por todos ellos y por todos nosotros; como Moisés, pero distinto.  Jesús inició la transfiguración de este mundo y nos pide a todos que nos reunamos en su nombre para continuarla, dejando atrás ritos antiguos de forma que toda lengua pueda cantar un aleluya en el que la fe, la confianza en el amor de Dios, supla todo aquello que la vista aún no alcanza a ver.


Que toda lengua cante


sábado, 29 de mayo de 2021

DE DENTRO A FUERA. Trinidad

 30/05/2021

De dentro a fuera. Trinidad.

Dt 4, 32-34. 39-40

Sal 32, 4-6. 9. 18-20. 22

Rm 8, 14-17

Mt 28, 16-20

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Dios es el mismo arriba en el cielo que abajo en la tierra. Israel tenía la convicción de que Dios era un ser celeste que moraba entre ellos. La rectitud moral que sus mandamientos aseguraban creaba un clima adecuado para que se instalase en medio de su pueblo: el Santo entre los santos. Y esta presencia era evidente en el recuento de las gestas épicas y legendarias de los ejércitos israelitas, se manifestaba en la magnificencia del Templo, se hacía palpable en la dinastía Davídica y resonaba en el corazón de los deportados que comprendieron la profundidad de su error e hicieron propósito de enmienda en las orillas del Éufrates o bajo el yugo del invasor romano. El futuro quedaba siempre abierto a la esperanza en la restauración de esa presencia y con ella, la del reino mesiánico y su prosperidad. Esto fue sí hasta que un grupo de judíos galileos, tenidos por herejes, comprendieron que Dios se había personado ya pero había sido tajantemente rechazado. A partir de ese momento el futuro se había transformado en presente porque en Dios, dicho sea de paso, es presente. 

Al Dios en la tierra, estos herejes le habían conocido como Jesús, que se relacionaba con el Dios de los padres como un hijo con su propio padre. El Padre celeste seguía siendo inaccesible, pero el Hijo que en Jesús andaba sobre la tierra era Dios mismo en acción. Así, la inaccesibilidad de este Dios se había transformado hasta tornarse un abrazo materno que acogía a todos. ¿Sería que la experiencia humana del Hijo había transformado el corazón del Padre? De lo que no cabía duda es que entre ambos se daba una intensa relación personal; estaban siempre en conexión. Y esa confluencia entre ambos se trasvasaba intencionalmente más allá de ellos mismos hasta alcanzar todo lo real. Esa continua corriente entre ambos es el Espíritu.

Nuestro espíritu, nuestra esencia humana puede sintonizarse con el Espíritu. Lo único necesario es que nos descubramos como seres libres: no sujetos ya a promesas gastadas, sino liberados para buscar nuevos cauces en los que bautizar a todos los demás; convocados para volver a Galilea, a la sencillez primera que no se dejaba engatusar por pompas ni prosperidades labradas sobre el sufrimiento ajeno; urgidos a no olvidar ni transigir con sufrimiento alguno. Liberados, convocados y urgidos. Intentar atribuir cada una de estas acciones a una persona trinitaria sería una racionalización innecesaria. Dios es trinitario porque es amor y el amor tiende siempre hacia el otro, se personaliza pero no se transforma en tres amores distintos. Es un único amor que lo unifica todo. La clave está en la relación. Dios no sería Dios si no pudiese relacionarse con nadie, porque el amor es relación y Dios es amor en sí mismo, pero es una única realidad que es con la sencillez de quien no se reserva nada y se conoce sin engañarse porque su conocimiento es también conocimiento desde fuera de sí, desde otro que no es distinto de sí y cuya respuesta es para él crítica y reconstrucción amorosa. Dios se crea y se recrea en constante diálogo interior que se proyecta al exterior porque su primera auto-crítica es la necesidad de otro distinto que albergue en sí la semilla divina capaz de reaccionar a su invitación. Eso somos nosotros. Somos el otro llamado a realizar la semilla en la promesa de que no estaremos nunca solos y en la exhortación a ser también trinidad que se recree constantemente sin dejar nada ni nadie fuera.


De dentro a fuera. Trinidad misericordiosa, Hna. Caritas Müller, OP (1988).


sábado, 22 de mayo de 2021

PENTECOSTÉS.

 23/05/2021

Pentecostés

Hch 2, 1-11

Sal 103, 1ab. 24ac. 29bc. 30-31.34

1Cor 12, 3b-7. 12-13

Secuencia

Jn 20, 19-23

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En el quinquagésimo día después de la Resurrección celebramos la gran fiesta cristiana. He explicado estos días en clase que a una fiesta se va para celebrar. Las fiestas pueden llevar mucha preparación o surgir espontáneamente, pero existe siempre algo que festejar. Aquellos amigos y amigas tuvieron que ver como Jesús era apresado para ser condenado en un juicio de dudosa imparcialidad y ejecutado en el vergonzoso patíbulo de los rebeldes políticos y de los malditos por la ortodoxia religiosa del momento. Por si esto fuera poco, su cadáver desapareció a los tres días y a partir de ese momento comenzaron a multiplicarse los testimonios de quienes decían haberlo visto, hablado y caminado con él; de quienes se habían sentado a la mesa con él y de quienes incluso habían comido y bebido con él. Pero no todos lo veían, así que del temor y del espanto se pasó al desconcierto más absoluto. Hasta que, por fin, comprendieron que Jesús había alcanzado la plenitud, que la muerte no tenía ya poder alguno y que era tan solo un paso, una pascua personalizada. Jesús vivía ya eternamente, pero lejos. Es la misma experiencia que nos desgarra el alma cuando perdemos a alguien: al dolor le sigue el consuelo de saberlo ya vivo y libre de sufrimiento, pero nos queda el vacío de su ausencia… Hasta que llegó el momento de Pentecostés y realmente comprendieron y comprendemos que el aliento de Dios sigue enlazándonos con todos los que ya partieron como a ellos les enlazaba con Jesús. Por eso, esta es la fiesta más grande, la celebración del gran acontecimiento de la resurrección de una manera consciente. Es la explosión de una absoluta algazara personal  comunitaria.

Porque el Espíritu nos alcanza cuando estamos todos reunidos y ya no queda nadie fuera. Y hace de nosotros un único cuerpo en el que cualquier diferencia es aniquilada. Se han extinguido ya las nacionalidades que quieren definirse poniendo fronteras, no tiene ningún sentido hablar de menas, ni de ilegales, ni de tierras entregadas por Dios a nuestros padres, ni de órdenes públicos que imponer por la fuerza cuando la ciudadanía ejerce su derecho de protesta. Existe un único pueblo habitado por el amor de Dios, por el Espíritu, que es puro aliento de vida. Cuanto vive en esta tierra o en cualquier otra está sostenido por el mismo hálito vital. Y una vez en nuestro interior no se queda ahí atrincherado, sino que brota desde nuestra profundidad para llegar hasta los demás. El envío de Jesús es una llamada a que seamos verdaderamente; a que no enclaustremos a quien nos hace vivir y lo propaguemos; a que repartamos vida para todos y nos nutramos también con la que los demás nos dan.

No hay que esperar que baje el Espíritu, porque, de algún modo, él está en nosotros desde siempre. Nuestro impulso vital, nuestro ser viviente, es lo que el Espíritu actualiza en nosotros. Es nuestro punto de enganche mutuo. Dios sopló sobre Adán y Jesús lo hizo sobre los discípulos. Dios colocó a Adán en un jardín y Jesús, creo yo, quiso decirnos: “Haced de este mundo un jardín. Perdonad o retened, según avance la construcción. Dejaos guiar por la paz y escuchad al Espíritu para crear según Dios. Cultivad cualquier don con vistas al crecimiento conjunto y no os cerréis a nada y a nadie. Hablad todas las lenguas; que nadie tenga que aprender la vuestra. Salid siempre al paso. Sed creativos. Sed osados. Sed”.


Pentecostés


Para Antonio y familia.


sábado, 15 de mayo de 2021

QUERIDA TEÓFILA. Ascensión del Señor

 16/05/2021

Querida Teófila. Ascensión del Señor

Hch 1, 1-11

Sal 46, 2-3. 6-9

Ef 1, 17-23

Mc 16, 15-20

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Querida Teófila: amiga de Dios, asamblea siempre dispuesta a dar un paso más, cuerpo mío llamado a acoger a todos. Me miro y te veo y me doy cuenta de que poco a poco vas dejando atrás esa obsesión que tuvieron algunos amigos míos por restaurar antiguos reinos; glorias caducas. No les hice mucho caso entonces y los confié a la guía del Espíritu como también ahora vuelvo a confiarte a ti. No es que no quiera prestarte atención, es que él te lo acabará de explicar todo de forma que puedas comprenderlo, si le dejas. Él sabe ponerse en los zapatos de todo el mundo y a partir de ahí empezar a construir. Ya está cerca. Pero tampoco te engolfes en la espera; deja de mirar hacia arriba, porque tal como me fui volveré. Es decir, en carne y hueso, en personas reales. Míralos. Están por todas partes.    

A todos ellos te los encomiendo, que es como acogerlos yo mismo, pero a través tuyo. Tan importante es tu papel y tan poca cuenta te das a veces… Transmíteles a todos lo mismo que yo te transmití. Desciende, hazte pequeña hasta caber en su corazón y sánalo. Cuéntales la buena noticia de que Dios es amor, no ley; que les quiere por encima de todo y que prefiere a quien no es preferido por nadie. Bautízales en mi nombre, en el del Padre y en el del Espíritu; en la verdad de los tres que amándonos amamos a toda la realidad. Sobre todo a ellos. Pero no conviertas el bautismo en una señal meritoria. Es un compromiso por la justicia; la expresión del deseo de participar en mi obra. Perdón, en nuestra obra. Tú y yo, querida Teófila, nos hemos unido en un solo cuerpo para prolongar la labor que inicié en mi vida terrestre: dar continuidad al amor creador del Padre que lo originó todo. Restañando la herida del mundo lo justificamos, lo ponemos todo en equilibrio. Y la herida del mundo son las múltiples heridas que tienen las creaturas que en él habitan.

Todas ellas participan de esta justicia según la medida de su propia naturaleza. Es el ser humano al que, por ser libre, se le pide que acepte expresamente, que se bautice, que renuncie al mal que sólo él puede cometer. Que sea justo y viva de acuerdo a esa justicia que respeta a todos y los reconoce como hermanos. En el fondo, también a él se le pide una ascensión. No para olvidarse del mundo, sino para vivirlo en plenitud. Para descubrirse a sí mismo en conexión con todos y con todo; para no olvidar a nadie, ni menos aún, dañarlo. Bautizarse es injertarse en mí. Recuérdalo: no sólo en ti. Todo aquel que vive según mi justicia y que la practica está ya en nosotros, pues si está en mi está también en ti. Así como lo definitivo de cualquier planta son sus frutos, a todos los que confían en mí y viven en mi justicia les acompañan señales. Y sin embargo muchas veces las ignoraste para fiarte más de otros ritos y promesas. Ya te he dicho que  es imposible ascender sin haber descendido antes. Olvídate de ti misma y comprende, por fin, que estoy donde tú me llevas y si no me llevas, no estoy. Que no tienes que esperarme, sino verterme sobre los demás. Porque igual que yo soy ya en ti, aunque a veces me busques desesperada, soy también ya en todos ellos pero no podrán reconocerse en mí si tú no eres el espejo en el que se miren. Del mismo modo, tampoco tú podrás reconocerte en mí mientras no sean ellos tu espejo. Para ascender se requiere ser consciente de la propia identidad profunda, percibir que en mi amor todos estáis unidos por encima de cualquier otra afiliación.   


Querida Teófila


sábado, 8 de mayo de 2021

SOBRE EL AMOR Y EL AMAR. Domingo VI Pascua.

09/05/2021

Sobre el amor y el amar.

Domingo VI de Pascua.

Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48

Sal 97, 1-4

1 Jn 4, 7-10

Jn 15, 9-17

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El amor es don universal. Pedro es testigo de esto en casa de Cornelio. Sobre toda aquella gente, temerosa de Dios, él ve descender el Espíritu. Temerosos de Dios, según el judaísmo del siglo i, eran aquellos no judíos de nacimiento que se identificaban con la fe hebrea: reconocían a Dios y habían renunciado a los ídolos pero no habían completa aún su conversión y aunque es posible que no la completasen nunca y no observasen la Ley en su plenitud eran aceptados en la sinagoga. Ni  que decir tiene que los sectores más ortodoxos les consideraban judíos de segunda o tercera línea. Pues bien, estos creyentes “especiales” tuvieron su propio Pentecostés y Pedro comprendió que no podía negársele el bautismo a quien había recibido ya la confirmación (dicho en términos sacramentales del siglo xxi).

El Espíritu es el amor que constantemente circula entre el Padre y el Hijo. Dios es amor; ama sin cesar. Sería más correcto decir que Dios es amar. Y todo su ser consiste en eso, en amar. Nos amó y se nos dio a sí mismo en la persona del Hijo. Sin que nosotros tuviéramos mérito alguno. Tal como aquellos temerosos de Dios tampoco nosotros somos aún, según criterios religiosos, perfectos. Dios no ha esperado a que lo seamos para amarnos, para acercársenos. Nuestra perfección está en mantenernos en permanente construcción. Si aún seguimos pensando que todo depende de nuestros méritos es que no hemos entendido todavía en qué consiste el amor. El amor consiste en aceptar a cada uno como es y tener la osadía de pensar que podemos ayudarle a ser feliz sin exigirle que deje de ser él mismo: potenciando sus capacidades y compartiendo con él aquello que Dios mismo nos descubre. Porque no nos construimos hacia dentro, sino hacia fuera. Cuarentenear el don no es crecer. Es cavar un hoyo donde esconderse.

Jesús permanece en el amor del Padre y nos transmite eso que va descubriendo: Que no existe más que un único mandamiento viable. ¿Qué nos iba a pedir Dios más que le imitáramos? Pero ya no hablamos de una mímesis con aspiración de mejoramiento personal. Se desvaneció la ilusión de conquistar el cielo a golpe de bondades. La ética no consiste en ser bueno ni en cumplir mandamientos. Es evidente que quien de verdad ame a sus próximos no intentará engañarles, ni robarles, ni mediatizarlos, ni corromperlos, ni mucho menos, intentará matarlos, claro. Pero tampoco pondrá su atención en que la norma se cumpla por encima de todo porque lo decisivo es el amor y el amor sabe descifrar lo que cada uno esconde y enseñarle el modo de levantarse y continuar. El amor también sabe proteger y pedir respeto para todos, se cuida de que nadie vea pisoteados sus derechos y de que nadie sea víctima de nadie. Es combativo e inconformista; sabe exigir justicia, porque ese es su otro nombre. El amor que Dios espera de nosotros y que Jesús nos prescribe es aquel que abre los brazos para construir una realidad alternativa donde nadie se quede atrás y que revela a todos la salvación. Es el amor que termina con cualquier servidumbre porque hace de todos amigos que saben pedir unidos al Padre y acoger el don que él les da. Es amor que quiere ser amar; que no encuentra sentido más que en actuar, en permanecer unido a Dios; en amar como Dios ama. Amar nos hace humanos, no perfectos. Asequibles, no puros. Compañeros, no acólitos.


Sobre el amor y el amar