sábado, 24 de junio de 2023

COMO TIENE QUE SER. Domingo XII Ordinario

25/06/2023

Como tiene que ser

Domingo XII T.O.

Jer 20, 10-13

Sal 68, 8-10. 14.17. 33-35

Rm 5, 12-15

Mt 10, 26-33

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Jeremías expresa hoy la confianza que tiene en el Señor. Su actividad profética ha suscitado la ira de sus vecinos, que se alzan contra él por haber denunciado su confianza mágica en el templo y sus rituales. El salmista se sitúa en esa misma fe: El Señor no me va a abandonar. Pero su actitud es ya diferente de la del profeta: él no pide venganza ninguna; simplemente se refugia en Dios y se pone en sus manos esperando que por su fidelidad y misericordia no le abandone. A los humildes. Los pobres y cautivos invita a tener la misma determinación. Esa vivencia es también la de Pablo, quien afirma que por grande que sea el mal y por mucho daño que pueda hacer, mucho más grande y poderosa es la gracia y la misericordia de Dios que en Jesús se nos hizo don encarnado. Esa sola experiencia humana bastó y sobró para darle la vuelta a todo; para cambiar el rumbo de la humanidad, por difícil que sea percibirlo en muchas ocasiones.

De esa oscuridad es de la que nos habla Jesús a través de Mateo. De la oscuridad y también del cuidado de Dios por cada uno. No temáis, dice, pues importáis mucho más que los pajarillos y si el Padre vela por ellos cómo no va a velar por vosotros. Esta esperanza es la que debe gritarse desde los tejados. La convicción íntima de esta custodia es la que alienta en momentos de incertidumbre y angustia. Lo decisivo está en ponerse de parte de Jesús ante los hombres, pero esa opción se identifica poco con la magia y ritualidad que criticaba Jeremías. Como sabemos, Jesús habló de eso que llamamos juicio final, también en este mismo evangelio, haciendo referencia a la misericordia volcada sobre los demás. No es el nuestro un Jesús permisivo, sino que, a la tarde, examina en el amor. No existe más criterio. Confesarle en este mundo desquiciado es ponerse de parte de los suyos, de sus preferidos.

Este es el amor llevado al extremo, es la divinización del ser humano. La famosa omnipotencia de Dios consiste en que todo aquello que el amor pueda hacer será hecho en la medida que el egoísmo sea dejado atrás. Esto coloca al discípulo en una situación delicada. No habrá nunca actuaciones milagrosas que nos salven ex machina, en el último instante; tal como Jesús, el creyente no podrá vivir lejos de la amenaza. Como Jeremías y todos los profetas, Jesús fue siempre molesto porque desde las azoteas, las plazas y los campos denunciaba la maldad sin que nada pudiese socavar su confianza en el Padre. Del mismo modo, cualquier creyente verdadero será siempre un incordio y en medio de la oscuridad y del mal del mundo, la gracia sobreabundará para que su ánimo no decaiga, para que encuentre sentido a su penar y para que su fidelidad se mantenga firme. No es que todo vaya a ir bien; posiblemente todo sea un desastre, un fracaso como fue la vida del propio Jesús, sin embargo, todo estará bien, todo será como tiene que ser, porque el acoso es el estado natural en el que el profeta vive, pero en medio del caos percibe la lógica el amor que le lleva a ser él mismo, ella misma, amor que se ofrece y que, amando omnipotentemente, consiguiendo lo imposible. No hay otro milagro. Ya no hay fidelidad a un Dios externo que se impone, sino descubrimiento de la verdadera naturaleza que permanecía oculta y que se reconoce a sí misma en la medida que se despide de la individualidad para construir una nueva fraternidad.


Como tiene que ser


sábado, 17 de junio de 2023

PASTORES. Domingo XI Ordinario

18/06/2023

PASTORES. Domingo XI T.O.

Éx 19, 2-6a

Sal 99, 2-3. 5

Rm 5, 6-11

Mt 9, 36 – 10, 8

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El pueblo de Israel tenía la conciencia de ser especial. Se sabía elegido, preferido, apartado por Dios de entre todos los pueblos de la tierra. Es verdad que esta percepción puede ser peligrosa y dar lugar a malos entendidos, pero también pone de manifiesto los afectos de Dios que se elige un pueblo de esclavos, y no una élite de ningún tipo. Decir esclavos es decir oprimidos, víctimas puestas por otros en el peor de los lugares; allí donde nadie se pertenece a sí mismo, sino que se cuenta entre las posesiones de cualquier otro u otra. A esta población ninguneada, Dios le propone transformarse en nación santa; en pueblo de sacerdotes, mediante la pedagogía que les muestra a través de su alianza y de la voz que le hace llegar mediante sus enviados. Esta conciencia popular es la que expresa el salmista. Como ya hemos dicho alguna vez, sacerdote es quien pone a los hombres en contacto con Dios; no quien realiza ritos y ceremonias. Que en este pueblo elegido surgiese un sacerdocio similar al sacerdocio al uso en su época ente los demás pueblos no quiere decir que con él se agotara esa realidad sacerdotal.

Jesús se eligió doce discípulos como imagen del nuevo pueblo elegido. Este nuevo pueblo es reunido entre la multitud que no encuentra guía ni consuelo en aquellos antiguos sacerdotes que, con el paso del tiempo, habían venido a ser los gobernantes del pueblo. A estos doce los envía a que recuperen las ovejas descarriadas de Israel. Tengo que reconocer que llevo mal esta exclusividad pero, tal vez, hable Jesús de ella para hacer patente que entre esa nación santa, de la que las vicisitudes del tiempo y la historia habían apartado a los samaritanos y que, desde luego, no se podía identificar con los gentiles, se daban también situaciones que habían propiciado ese descarrío. En el seno de aquel pueblo elegido se habían reproducido condiciones que condenaban a la esclavitud a hombres y mujeres que era preciso recuperar. Esas ovejas deben escuchar el mensaje decisivo: está cerca el reino de los cielos. Los mensajeros mismos están tomados de entre esas ovejas y ellos han sido ya sanados, liberados de espíritus inmundos, resucitados para una vida nueva, y alimentados con el pan definitivo. Todo esto que ellos han recibido gratis, por pura misericordia, deben entregarlo del mismo modo. Deben sanar como ellos han sido sanados, alimentar como ellos mismos han sido alimentados, des-leprar tal como ellos mismo lo han sido. 

Pablo ahonda en esta cuestión subrayando que Cristo murió por nosotros sin que lo mereciésemos en absoluto. Si esa muerte, según Pablo, nos mereció la reconciliación, ¡con cuánta más razón, -dice- estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! La vida de Jesús es la que salva; sanar, alimentar, liberar como él hizo y como él nos pide hacer es la raíz de la salvación. Para todos aquellos a los que somos enviados porque descubrirán que no están abandonados a su suerte; para nosotros porque nuestra vida cobrará propósito. Para ellos y para nosotros porque juntos le encontraremos sentido a esta realidad que tantas veces se nos antoja compleja y desnortada. Esta es la nueva alianza; se nos llama para ser pastores y no un rebaño adocenado. No para vivir dependiente de rabadanes, sino para convertir el propio don en báculo y salir al mundo para liberar, sanar y alimentar. Somos salvados, no para nuestra propia salvación, sino para la de los demás. 

Pastores



sábado, 10 de junio de 2023

CORPUS

11/06/2023

Corpus

Dt 8, 2-3. 14b-16a

Sal 147, 12-15. 19-20

1 Cor 10, 16-17

Jn 6, 51-58

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Somos todos miguitas de pan. Somos gotas de vino. O podríamos serlo. Esta posibilidad de ser nos viene dada desde nuestra propia hondura. Desde ese centro en el que habita Dios mismo y desde el que nos habla a cada uno; desde el que nos inspira haciendo de nosotros criaturas vivientes. La experiencia religiosa fundamental es zambullirnos en nosotros mismos para descubrir que esa raíz original ni es única ni original, sino compartida con todos los vivientes y originada en el Viviente. La tradición judía llamó Dios a este Viviente y en el pasaje del Deuteronomio que hoy contemplamos afirma que está siempre pendiente de su pueblo. Él se eligió para sí una multitud de esclavos y liberándoles, les alimentó, les guardó y les guió en la travesía a través del yermo. Ese pueblo encontró lógico que tuviera que merecerse la tutela que Dios le había brindado y vio en sus penalidades una prueba que Dios le ponía para que aprendiera a confiar en él y entendiese que cumpliendo sus preceptos velaría por ellos. El salmista, instalado ya en Jerusalén, la ciudad de la Paz, ahonda en la alabanza a Dios por la prosperidad que le había conseguido. No solo de pan vive el hombre; dígase, como es natural, lo mismo del pueblo; gracias a su confianza y a su fidelidad, había conseguido de Dios la prosperidad.

El pan y el vino fueron los elementos que Jesús tenía a mano para convertirlos en símbolos que expresasen esta realidad profunda. Jesús se hace pan y vino y se deja partir y beber. Pero ya no existe obligatoriedad, sino que lo hace de forma gratuita; no porque lo merezcamos, sino porque él era así, desde su propia hondura. Desde ese acto personal suyo nos invita a hacer lo mismo.  Así vivió Jesús su vida y desde esa vivencia profunda pudo decir Yo soy… el pan vivo. Desde esa experiencia es desde la que nos invita a compartir; a hacernos pan y vino para todos. Pero no todos le entendieron. En su propia época, quien le interpretó literalmente no pudo entender lo que quiso decir. Muchos siglos después algunos lo ven como un acto exclusivo de Jesús que, bajo ciertas condiciones, solo unos pocos elegidos pueden repetir.

Para captar el mensaje de Jesús es necesario, por un lado, volver a confiar y, por otro, y primordialmente, descubrir la propia necesidad. Hay que sentirse hambriento. Las élites de aquel pueblo habían llegado a experimentar la saciedad y se encontraban empachados de Dios. Le conocían perfectamente; o eso creían. Otros, cercados por la necesidad o el orgullo patriótico, vivían angustiados la espera del mesías, fabricándoselo a su medida. Jesús nos habló de ser, para los demás, pan que se parte y vino que transmite su propia vida. Esa actitud surge de la profundidad que es capaz de decir Yo soy... Comulgar no es un acto pasivo, es una acción decidida a compartirse con y por los demás que surge del retorno desde la profundidad. Eso que somos y que nos parece tan irrenunciable no es nada si no se pone a disposición de todos. Somos migas y gotas llamadas a formar parte del pan, del vino. No se me antoja casual que el corpus siga a la Trinidad. La salvación, el sentido, no está en ser miga o gota por siempre, sino en formar parte del todo, del pan o del vino. La cuestión no es salvaguardar la individualidad, sino extender la comunión. Hacer de ella un principio activo; un motor que haga real, que encarne, la interioridad que recibimos y que se desarrolla poniéndola en juego por los demás.

 

Corpus


 

sábado, 3 de junio de 2023

TRINIDAD

04/06/2023

Trinidad

Éx 34, 4b-6. 8-9

Dn 3, 52-56

2 Cor 13, 11-13

Jn 3, 16-18

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Para lo importante que es la fiesta de hoy, la liturgia se muestra bastante parca en la extensión de las lecturas que nos propone. Parca y, además, misteriosa: omite un versículo en su primera propuesta. Este fragmento del libro del Éxodo, nos dicen los exégetas, es importante porque contiene una autodefinición de Dios. En él, Dios se presenta a sí mismo como “compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad” pero también, he aquí la omisión, como Dios que perdona “por millares” según unas traducciones, o “hasta la milésima generación”, según otras, mientras que castiga el pecado y la iniquidad hasta la cuarta generación. A nuestra mentalidad moderna le cuesta entender eso del castigo y construye una pedagogía del colegueo apartada de cualquier exigencia. Lo importante de este texto no es que Dios castigue por cuatro, aspecto en el que se cargaron las tintas durante siglos, sino que se mantiene fiel y perdona por mil, cuestión mucho más olvidada. El pecado lleva su penitencia, se decía; el mal tiene sus consecuencias, decimos ahora, y repercute no solo en nosotros sino también en los que nos rodean y en quienes han de venir. Social y ecológicamente tenemos ya plena constatación de esto. Admitir este versículo es admitir la dimensión global del mal, pero también la infinitud de la gracia que lo abarca todo.

Moisés termina pidiéndole a Dios que acepte a su pueblo y tanto lo acepta que Dios mismo se hará uno de ellos; uno de nosotros. Dios es amor, decimos, sería mejor decir que Dios es amar. El amor es desear y buscar el bien del otro. Dios ama al mundo, y que esto lo diga Juan, que habla de este lugar como el escenario del mal que el ser humano provoca, no es cualquier cosa. Dios ama lo imperfecto; lo deforme halla gracia a sus ojos; lo ve todo y a todos de manera muy distinta a la nuestra; no quiere que nada ni nadie se pierda. Por eso se hace uno más. Dios es así: amar. Pero es, por eso mismo, relación. No se ama a sí mismo, sino que en sí mismo se da ya la reciprocidad de los que se aman. A este misterio se le ha llamado Trinidad. Y después de ponerle nombre se empeñaron en intentar explicarlo según la lógica del momento, olvidando que lo central es ese amor del que nos habló Jesús y que quien lo viviese como Jesús nos mostró con su vida estaba ya salvado y salvaba con él su porción de mundo.

Esa salvación, que tantas veces se ha pospuesto para tiempos que “hemos de merecer”, no anda, en realidad, lejos de lo que nos recuerda Pablo: facilitémonos la vida unos a otros, amémonos y el Dios del amor y la paz estará en nosotros. Estamos llamados a ser como Dios mismo es y a vivir con los otros tal como él vive en sí mismo. Formar un solo cuerpo, no es una asociación cualquiera. Los primeros cristianos hablaban de asamblea y de comunión, como imagen de aquello que querían vivir. El amor del Padre, el compartir servicial del Hijo, la comunión en el amor del Espíritu. Así es Dios. Así se nos pide que seamos. Vivir esto es encontrarle un sentido a la vida pese a cualquier obstáculo; es dar inicio a la propia salvación, que, por supuesto, tendrá su plenitud donde y cuando haya de tenerla, pero no como premio que nos hayamos ganado según los criterios de cada época, sino como desarrollo natural de haber creído, de haber amado, como Jesús dijo: como Dios es. Es la Trinidad. en la que todo cabe y nada se impone, a la que le quitamos el “Santísima” para no verla como algo ajeno, sino como una realidad cercana en la que, de un modo u otro, estamos todos inmersos. 

 

Trinidad. Dibujo de Agustín de la Torre.

 

sábado, 27 de mayo de 2023

PENTECOSTÉS

28/05/2023

Pentecostés

Hech 2, 1-11

Sal 103, 1ab. 24ac. 29bc-31. 34

1 Cor 12, 3b-7. 12-13

Secuencia

Jn 20, 19-23

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Celebramos hoy la fiesta de la vida que se derrama sobre todos y sobre todo. Todos los seguidores de Jesús, nos dice Lucas, estaban juntos y fueron alcanzados por el Espíritu. Parece, sin embargo, que el hecho no debería entenderse en un sentido histórico, según hoy lo entendemos. Que estaban juntos es evidente, pero su unidad se refería a una zozobra compartida. Estando convencidos de que Jesús estaba vivo, no podían comprender ni su ausencia, que se les imponía como un mazazo, ni el aplazamiento del cumplimiento de sus expectativas. Es el Espíritu quien llega para hacerles salir y ponerse a hablar con todos los demás. El Espíritu es el aliento de Dios que hace surgir la vida; que impulsa para no dejar nada quieto ni aislado. Aquellas mujeres y hombres se lanzaron a hablar todas las lenguas; a romper cualquier frontera. La asamblea deja de mirarse a sí misma; abandona su postración y se ve lanzada hacia el exterior por un nuevo ardor que no pueden contener.

Juan presenta al mismo Jesús entrando donde estaban reunidos los discípulos. Y es Jesús quien les entrega el Espíritu al soplar sobre ellos. Este Espíritu es aliento, es respiración, es vida que moviliza a aquel grupo a vivir en la Paz de Jesús, a inaugurar unas nuevas relaciones, inéditas hasta la fecha, en las que serán los propios implicados quienes solventen sus discordias. En ellos vive ya la paz; el amor de Dios. La explosión que en Lucas movió a aquellas buenas gentes a derribar cualquier muro o aislamiento, la sustenta Juan en una paz interna que se trasvasa al exterior creando un nuevo modo de estar en el mundo. En la fiesta de Pentecostés se agradecían las nuevas cosechas, pero también se conmemoraba la entrega de la Ley en el Sinaí. Ahora se nos ha dado una nueva ley y la cosecha está empezando a producir. Es la nueva creación por la que el salmista da gracias a Dios.

Pablo insiste en la importancia de cada carisma, de cada ministerio, de cada acción. Todo se basa en el protagonismo de cada miembro. Y cada uno de ellos o ellas sólo puede reconocer a Jesús como Señor, es decir, tenerlo como guía y modelo, si el espíritu así se lo revela, se lo “inspira”. En cada una de ellas y ellos, en la medida en que se dejan guiar y mover por el Espíritu, éste re-crea la vida misma de Cristo. Cristo es el mesías enviado para sanar y liberar, que se sabe enviado y vive en unión de quien lo envía junto a aquellos a quienes es enviado. Existe un Cristo interior en cada uno de nosotros que se sabe en comunión con Dios, con todos y con todo. Somos cada uno ese Cristo que se une a todo, a todos y a Dios y se vive así en comunión con toda la realidad. Con el Espíritu recibimos el don fundamental de discernirnos siendo ya en Dios. Así, el Espíritu pone fin a cualquier zozobra o bloqueo. A partir de este momento todo se desborda, toda la vida es un don que se pone al servicio de los demás; todos los carismas son fruto de esa vivencia íntima de la unidad, pues son actualización del único don que mueve a la comunión con todo y con todos, que suscita una multitud de inquietudes atentas cada una a un detalle necesario, a una necesidad real. Los carismas son respuestas concretas, contextualizadas, a necesidades reales que en las diversas épocas han surgido como denuncia del olvido o la tergiversación del mensaje de Jesús. Cada uno es esa lengua que se aprende a hablar para aprojimarse a los empobrecidos más cercanos.  


Fray Nicolás Borrás (1580-1610), Pentecostés.
Aula capitular del Monasterio de San Jerónimo de Cobalta (Valencia)




   

sábado, 20 de mayo de 2023

ASCENSIÓN DE JESÚS

 21/05/2023

Ascensión de Jesús

Hech 1, 1-11

Sal 46, 2-3. 6-9

Ef 1, 17-23

Mt 28, 16-20

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Lucas inicia el libro de los Hechos de los Apóstoles relatando con detalle el episodio de la Ascensión de Jesús. Es mucho más precisa esta versión que la que aparece en su propio evangelio, o que la que se nos cuenta en el epílogo añadido al final de Marcos. En todos ellos la conclusión es clara: Jesús se va; regresa al Padre, al origen. Todavía un detalle importante nos aporta Lucas en el pasaje que hoy leemos: los discípulos preguntan si ha llegado, por fin, el momento de restaurar el reino a Israel. Ni siquiera después de la Pascua y de haber comido y bebido con él, comprenden que Jesús nunca pretendió devolver glorias pasadas a su pueblo, sino proyectarlo hacia el futuro purificando su raíz. En pocas palabras: No fue suficiente encontrarse con Jesús, porque su convicción y esperanza les hicieron interpretar todo cuanto él les dijo acomodándolo a sus expectativas. Por eso les insiste en que esperen hasta que llegue el Espíritu Santo. El salmista expresa la misma concepción que los discípulos entonando un salmo real, un canto de coronación: Dios va a ser el rey del mundo…

Mateo es mucho más discreto. Presenta la escena en un monte de Galilea donde los discípulos se encuentran con Jesús que presume de un único poder: convocar, por medio de sus enviados, a todos los seres humanos, congregándoles en nombre de Dios. Y aquí Jesús no se va, sino que afirma que estará siempre con nosotros. Jesús está vivo. Esta es la experiencia pascual que los discípulos expresan como pueden. La tumba vacía y la ausencia del cadáver son signos que les ponen en la pista de la resurrección y Jesús mismo les hace saber, de algún modo, que está vivo y que no nos dejará solos. El Dios que descendió, se hizo humano y verdaderamente murió, ha venció a la muerte y retorna a su ser Dios llevando a la humanidad consigo. Todos nosotros estamos ya en Dios, pero seguimos empeñados en restaurar reinos y glorias pasadas. Tampoco nos ha sido suficiente encontrarnos con Jesús. Necesitamos aún el bautismo del Espíritu.  

Pablo pide para todos el espíritu de sabiduría y revelación para que podamos comprender la esperanza a la que nos llama. Pablo, que supo romper con todo nos pide hoy que también nosotros dejemos atrás nuestras viejas concepciones. Pablo llama santos a los miembros de la asamblea cristiana, que se están esforzaron en dar a luz lo nuevo. No siempre las y los componentes del santoral y la Iglesia que somos estamos a la altura. La fiesta de la Ascensión es la celebración de la ausencia de Jesús, en cuanto que no es identificable con las estructuras que conocemos, ni siquiera con muchas de las que creamos en su nombre. Jesús sigue presente en nosotros; en todos y cada uno de nosotros. Nuestra estructura de seres humanos es el albergue en el que él se mantiene y es también nuestro punto de contacto con Dios mismo, que se hizo ser humano; no se hizo capilla, ni árbol, ni incienso, ni rio… se hizo ser humano. A todas y todos nosotros, como seres humanos se nos promete la llegada del Espíritu como capacidad de discernir que somos ya en Dios. Así lo celebraremos en unos días.  Mientras tanto vivimos en la contradictoria revelación de una ausencia gozosa que nos remite a una presencia íntima que se materializa comunitaria y asambleariamente arruinando estructuras y concepciones que pudieron ser necesarias en un tiempo pero que se han convertido en un lastre para la fraternidad.


 Salvador Dalí, La ascensión de Cristo - Piedad (1958)


sábado, 13 de mayo de 2023

OBRAS SON AMORES. Domingo VI Pascua

 14/05/2023

Obras son amores.

Domingo VI Pascua.

Hech 8, 5-8. 14-17

Sal 65, 1-3a. 4-7a. 16. 20

1 P 3, 1. 15-18

Jn 14, 15-21

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El diácono Felipe llega hasta Samaría y allí se dedica a predicar. Ya para aquella época parece ser cierta la afirmación de que “obras son amores” y Felipe acompaña sus razones de signos que consiguen captar la atención del público. Desde el principio, pues, la predicación de la Iglesia estuvo asociada a la liberación real de las personas a las que se acercaba. Así era como la propia tradición judía entendía que debía ser y así es como lo había recogido el salmista siglos antes: “venid a escuchar (…) lo que ha hecho conmigo”. Así es como nuestra propia pastoral debería organizarse también, y así es como lo hace muchas veces, pero no siempre. No es extraño que nos traicionen las prisas por conseguir resultados y se nos pierda por el camino esa liberación real. Aquellos samaritanos de hace 2000 años creyeron porque de la mano de Felipe experimentaron en sí mismos el alivio que Jesús podía proporcionarles y que, de alguna manera se concretaba en la vida comunitaria. Por eso se bautizaron y por eso recibieron después con alegría el Espíritu que les llegó de manos de los apóstoles.

A éstos, según nos cuenta Juan, este Espíritu les fue entregado por mediación del propio Jesús, quien lo pidió al Padre para todos aquellos que lo amen. Nuevamente aquí “obras son amores” y amar a Jesús no puede ser una afirmación vacía. Es la adhesión a su persona, manifiestamente documentada en la asunción de su causa; de su obrar; de su predilección por los últimos. Amar a Jesús es estar, vivir, ser con los que él amaba; con aquellos con los que compartió mesa y mantel. Jesús está con el Padre de forma real, vital. Como sabemos, el Padre y él son uno y como el mismo Jesús dijo en otra ocasión, “ningún reino dividido puede subsistir”. Jesús está con el Padre amando a los que el Padre ama y renunciando a todo aquello que no le deje amar así. Nosotros estamos en Jesús al amar como él ama, no ya como amó, sino como ama pues él es el viviente que está en nosotros mediante la presencia de otro paráclito, del defensor definitivo. Él nos mueve a hacer cosas y también nos convierte en testigos. Nuestra clave de interpretación de la realidad es la resonancia que percibimos al contemplar un acto genuino de amor. El Espíritu que nos habita se conmueve al reconocerse en ese acto. Nuestro ser capta esa conmoción e identificamos como Espíritu, como amor de Dios, el gesto que para otros pasa inadvertido o se hace incomprensible.

Con esta certeza podemos, como nos pide Pedro, dar de nuestra esperanza una razón fundada. El mundo no es el desastre irreparable que nos muestran. Tiene remedio si somos capaces de apoyarnos en nuestra buena conciencia, en nuestras obras liberadoras, en el bien que percibimos, recibimos y distribuimos. No es necesario el recurso al adoctrinamiento y la amenaza. Llega el tiempo en el que a Jesús le toca irse, pero ha prometido volver y eso sólo es posible si nosotros lo hacemos real aquí, en este desastre remendable. Para ello debemos, como él, inutilizar el mal; ridiculizándolo; haciéndolo inservible. No hay más proceso de iniciación que mostrarle al ser humano concreto la disposición de Jesús a liberarle y hacer de la comunidad, imagen real de ese mismo Jesús que le acoge. Allí se cuenta con él para hacer de este mundo la casa común de todos; se le acepta y se le valora por lo que es. Allí se vive a partir de las obras y signos de Jesús, no de razones o palabras.


Obras son amores


sábado, 6 de mayo de 2023

RAÍCES SINODALES. Domingo V Pascua

 07/05/2023

Raíces sinodales.

Domingo V Pascua.

Hech 6, 1-7

Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19

1 P 2, 4-9

Jn 14, 1-12

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Los problemas en el seno de la Iglesia no son nada nuevo. Ya desde el principio los hubo. Pero en aquellos días supieron ser creativos y adaptarse a las necesidades del momento. El movimiento se demuestra andando y el carisma, alumbrando soluciones sin adherirse a lo caduco. Esta plasticidad fue expresada con diversas metáforas. Pedro nos habla hoy de piedras vivas capaces de amoldarse y combinarse con otras para originar posibilidades siempre nuevas. En esta nueva arquitectura tenemos una única piedra angular sobre la que todos pivotamos para erigir estructuras flexibles capaces de acoger, cobijar, potenciar, defender, alimentar, promocionar y empoderar a todos transmitiéndoles el mensaje de que es posible dejar la tiniebla y caminar en la luz; es posible encontrarle un sentido a este mundo alocado y vivir de otra manera. El Espíritu que habita y ora en nosotros (esto lo tenemos bien aprendido o, por lo menos, lo repetimos constantemente) también nos impulsa a buscar caminos nuevos (esto parece que no lo tenemos tan asimilado o, al menos, nos cuesta ponerlo en práctica). 

Jesús es un alma nómada y prefiere hablar de caminos; acoge a todos y prepara una morada para cada uno. Dice partir hacia la casa del Padre para disponer allí alojamiento para todos. Entiende su partida como un volver a su propio origen. Por eso se identifica a sí mismo con el Padre y se presenta como imagen suya. Verle a él es ver al Padre. Es camino porque nos une directamente con él; es verdad porque se mantiene fiel a su esencia íntima y es vida porque transmite la vida misma de Dios, porque desbarata cualquier sombra de muerte  que amenace al ser humano. Sus obras hablan a favor suyo.

Jesús, huelga decirlo, es la piedra angular propuesta por Pedro y esa centralidad surge de la identidad que él mismo declara tener con el Padre. El Padre es la morada definitiva a la que todos estamos llamados y todas esas moradas en las que Jesús quiere acomodarnos son modos de acercamiento al Padre; formas de conocerlo. Todas ellas tienen su correlato en la experiencia histórica. Ya no es solo que existan diferentes tradiciones religiosas, sino que en cada una de ellas se dan múltiples corrientes, escuelas y comprensiones. En realidad, son tantas como personas pues Dios habla de tú a tú con cada uno, pero nuestro espíritu comunitario nos hace agruparnos con hermanillos y hermanillas de sensibilidad similar. Jesús resulta ser así el criterio de discernimiento; la Palabra que Dios pronuncia para obrar en el mundo y para atraernos hacia él. En Dios todos tenemos morada y deberíamos respetar todas las moradas a no ser que vislumbremos con claridad que han acampado muy lejos del camino, que traicionan su esencia o que favorecen más la muerte que la vida. En román paladino: a no ser que alguna de esas moradas, grupos, tradiciones o escuelas se distancie del amor y del servicio al prójimo vivido por Jesús y renuncie así al dinamismo de la encarnación que acerca a Dios a cada corazón, debemos, de buen grado, aceptarla como compañera de camino aunque, de primeras, no creamos tener mucho en común con ella. En una Iglesia tan plural como la nuestra esto debería ser una certeza. En un mundo tan globalizado, también. En tiempos de una sinodalidad tan en boca de todos no deberíamos pretender que todos siguiesen las mismas huellas que nosotros, sino trazar, entre todos, nuevas rutas.


Raíces sinodales


sábado, 29 de abril de 2023

HACIA EL INFINITO. Domingo IV Pascua

30/04/2023

Hacia el infinito.

Domingo IV Pascua.

Hech 2, 14a. 36-41

Sal 22, 1-5

1 P 2, 20-25

Jn 10, 1-10

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Vivimos inmersos en un gran barullo que nos aísla. Existen multitud de voces ensordecedoras que nos van llevando de un sitio a otro: compra…, no soportes eso…, preocúpate de ti…, compra…, por la patria…, lo necesitas…, yo te lo apaño…, compra…, vótame…, aguanta…., esto es así…, compra…, mejor ellos que tú…, gánate la salvación…, para ser feliz…, compra… Cuando nada parece tener sentido, surge en medio del caos una certeza que nos hace recordar: “a quien vosotros crucificasteis…” Este follón en el que vivo no tiene sentido; sin embargo, veo ahora que aquél a quien no escuché aportaba claridad a este desbarajuste. Es más, fue esa claridad la que resultó ofensiva a todas estas voces y por eso fue llevado al leño. Sin embargo, él no cometió pecado alguno, no engañó, no insultó, no amenazó, no se dejó llevar por ninguna corriente.

Pedro aparece hoy como portavoz que nos invita a reconsiderar la historia de Jesús y nos invita a la conversión, a abandonar “esta generación perversa” que sólo promete goces a cambio del sacrificio de los demás. En algunos idiomas orientales el presente y el pasado se expresan como si estuviesen delante del hablante, como aquello que ya es conocido y no se deja caer en el olvido mientras que el futuro permanece oculto, a su espalda. Pedro nos invita a la conversión que, etimológicamente, es la acción de girar, de darse la vuelta junto con algo o alguien. Jesús abandonó todo lo que en su presente contradecía al Espíritu que clamaba en su ser y haciendo vida la tradición liberadora del Padre se giró para abrazar un futuro completamente nuevo. Esta generación, como la de Jesús, es perversa porque convierte el pasado en futuro; porque se empeña en vivir como si Jesús y tantos otros no hubiesen vivido, como si Dios no hubiese hablado nunca, como si todo dependiese de ella y fuese ella la que, pese a sus fracasos, tuviese que organizarlo todo.

Sin embargo, Jesús recoge la herencia que nos expresa hoy el salmista y nos invita a hacerla vida como él la hizo: “El Señor es mi pastor”. Él mismo se coloca en la puerta del aprisco y nos va llamando una a una por nuestro nombre. Él mismo se hace puerta porque nos muestra el espacio por donde salir. En medio de este caos, él aporta sentido. Actuando como actúan todos, respondiendo como responden todos, viviendo como viven todos, no conseguimos más que lo que ya conocemos; nos hacemos colaboradores de un orden injusto; convertimos nuestro abrazo en eslabón y nos sumamos al engranaje que ciegamente va izando un peso cada vez más insoportable. En ocasiones es necesario que todo se fracture para hacernos caer en la cuenta de este absurdo, pero Jesús nos invita a no llegar hasta ese límite. Él, por el contrario nos quiere vivos. Nos ha traído vida, y vida abundante. Nuestra vida no es eterna, pero es infinita. Empezó en su momento (cualquiera que fuese ese momento) y comenzó entonces un periplo que no se detendrá jamás. Llegará otro momento en que pasemos a experimentarla de modo diferente; una pascua personal que nos desvelará muchas cosas… pero en este marco que nos es ahora conocido, estamos llamados ya a la plenitud. A saborear la felicidad y el sentido de nuestra propia vida colaborando en que todos lo encuentren también. Nos llama a todas y personalmente, pero a todas juntas.  


Monumento al infinito. César Manrique (1985) La Palma


sábado, 22 de abril de 2023

UNA NUEVA PRESENCIA. Domingo III Pascua.

 23/04/2023

Una nueva presencia.

Domingo III Pascua.

Hech 2, 14. 22-33

Sal 15, 1-2. 5. 7-11

1 P 1, 17-21

Lc 24, 13-35

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La resurrección de Jesús pilló por sorpresa a todos. Nadie podría discutir que había muerto. Estaba tan muerto como David, que había hablado en primera persona de su vuelta a la vida, pero seguía muerto y su sepulcro era conocido por todos. Sin embargo, Pedro ve ahora claro que David no habló de él mismo, sino del Mesías que, según las profecías, había de padecer para ser luego levantado, restaurado por Dios mismo. Sus amigos ven ahora confirmada la identidad mesiánica de Jesús por la desaparición del cadáver, que no podía indicar otra cosa que su resurrección. Pero no todos lo tienen tan claro. Cleofás y su compañero, o compañera, se dirigen a Emaús. Tal vez vuelven a casa o tal vez ponen distancia de por medio. En todo caso, desesperanzados, tienen que admitir que esperaban otra cosa. Y tan grande es la distancia entre sus expectativas y la realidad, que son incapaces de dar el paso que Pedro y algunas mujeres han dado ya. Les falta aún una conmoción mucho más personal.

Reconocer a Jesús al partir el pan es percibir en aquel compañero de camino la misma actitud vital que les había seducido en su maestro. Partir el pan era la costumbre que Jesús tenía al sentarse a comer con los amigos que él se elegía y que aceptaban sentarse con él. Y había sido también la imagen que él empleo para simbolizar su propio cuerpo; es la materialidad de su entrega personal. Jesús compartió con todos compartiéndose a sí mismo. Sólo él podía realizar ese gesto y despertar en ellos tal familiaridad. Ahora sí estaban en casa y no estaban solos. Eran capaces, por fin, de ver con ojos nuevos. Para ellos toda la realidad se ve alterada por ese acontecimiento hasta el punto de verse impelidos a correr los 60 estadios (entre 10 y 11 kilómetros y medio) que les distanciaban de Jerusalén cuando ya anochecía. Se sumergieron en la oscuridad de un mundo en decadencia llevando en sí mismos la luz que les guiaba. Las experiencias que tanto Pedro, como Lucas o el salmista plasmaron en sus escritos son las que se acumulaban en sus corazones en una sola certeza: ¡Vive!

El encuentro en Emaús sienta las bases de los posteriores encuentros de la comunidad: Palabra, compartir y salida hacia los demás. En esa salida se testimonia que Jesús ya no es simplemente el amigo retornado, sino que es el Señor; aquel que ha vencido al mal, a la muerte, no enfrentándose a ella, sino atravesándola con inocencia; sin sucumbir a su seducción. Eucaristía (agradecer) es el término griego que traduce al hebreo bendecir (barakah). Bendecir es agradecer al Padre todo aquello que nos da y colocarlo a disposición de quien ha de compartirlo. Esta acción de gracias es reconocimiento de nuestra propia realidad a la luz del amor divino manifestado en Jesús que nos hace recapitular y entender la ley y los profetas y es impulso para vivir encontrándonos unos a otros y salir al mundo para prender hitos que alumbren el camino a los demás. Es una comprensión nueva, pero también una presencia nueva a imagen de la presencia de Jesús. Es el testimonio del testigo que conoce a su Señor y convierte su acción de gracias en una solicitud de bendición para quienes otros van dejando de lado. Es una presencia nueva que no se conforma con permanecer allí donde el descubrimiento fue posible, sino que retorna al lugar de la exclusión para manifestar en el ágora la nueva lucidez y sembrar la denuncia que alumbrará ese otro mundo posible. 


Siger Köder (1925-2015) Emmaus

 

sábado, 15 de abril de 2023

EXPERIMENTAR. Domingo II Pascua

16/04/2023

Experimentar.

Domingo II Pascua.

Hch 2, 42-47

Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24

1 P 1, 3-9

Jn 20, 19-31

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Todo tiene su proceso. También la experiencia pascual. En primer lugar, se percibe la presencia del Resucitado que produce paz, es decir; aquieta y elimina tensiones. Esa paz es el caldo de cultivo en el que es perceptible la vocación, el envío al mundo; este será el segundo momento. Y en esa misma paz, finalmente, nos llega también el Espíritu Santo, el aliento vivificador que impulsa y crea carisma. Este carisma no nos arroja al vacío, sino que se asienta en la confianza que se edifica sobre esa piedra angular anteriormente desechada por la lógica del mundo. Este dinamismo “organiza” la vida del creyente en un ecosistema comunitario. Se discute todavía si la descripción que Lucas hace de ese ambiente fraternal es el relato de una experiencia histórica o si, por el contrario, expresa una aspiración que no tuvo, en realidad, un asiento firme en la experiencia primigenia más allá de la buena voluntad que deja traslucir. Lo cierto es que podemos dejar atrás este debate si entendemos que la forma de vida que se describe es aquella que los primeros cristianos consideraban buena para todos; por eso quieren hacerla suya con la intención final de ofrecerla a todos los hombres y mujeres. No es una simple cuestión interna, sino una invitación universal, a pesar de las limitaciones concretas que ellos mismos pudieran sufrir.

Puede haber quien no considere necesario este cambio de orientación en la cuestión social: ¿Para qué compartirlo todo según la necesidad de cada uno? ¿A fin de qué seguir reuniéndose en el Templo? ¿Qué se consigue esforzándose en vivir la sencillez con alegría? Al menos inicialmente, Tomás parece ser de estos. Le hizo falta meter los dedos en la herida transfigurada; fue necesario que experimentase en directo la superación de la desigualdad, la injusticia, la muerte que el sistema anterior era capaz de producir. Hasta que no vio que el modelo propuesto por Jesús era una alternativa viable y capaz de reparar el daño producido, no creyó en la necesidad del cambio. Eso mismo nos pasa a nosotros muchas veces. Hasta que no somos testigos del desastre no nos avergonzamos de nuestro ritmo de vida ni nos planteamos solucionar nada; hasta que no vemos que otro mundo es posible, no creemos. Por eso, Jesús llama bienaventurados a los que han creído sin ver; a quienes se han fiado del Espíritu y han echado sus redes según su criterio.

La comprensión propia del siglo I llamaba a este descubrimiento “Salvación”. Por eso se señala que “el Señor iba agregando a la comunidad a los que habían de salvarse” o que se consideraban “protegidos para una salvación que se revelará en el momento final”.  Se descubrían, así, “regenerados para una esperanza activa”. Intentaban vivir en fidelidad a ese don que les hacía capaces de percibir lo inadvertido hasta el momento. Pese a todos los fallos reales, ese intento y esa apertura a la humanidad les proporcionaban un sentido que pacificaba y orientaba su propia vida, que les permitía oír la llamada a cada uno y vivir juntos a partir de su sencillez. Salvarse es más que colocar el alma a resguardo para toda la eternidad. Es vivir una vida plena según la esperanza fundada en la resurrección de Jesús ya desde este momento; esa vida, pese a cualquier deficiencia o adversidad está dotada de sentido y está llamada a prolongarse tras el trámite que es la muerte. No hay que esperar a vivir la gloria después de muerto, sino que se empieza a gustar ya aquí; indiscutiblemente, se saboreará en plenitud allí, pero podemos estrenarla ya aquí; podemos vivirla “así en la tierra como en el cielo”.


Experimentar


sábado, 8 de abril de 2023

LO INDELEBLE. Domingo de Pascua

09/04/2023

Lo indeleble.

Domingo de Pascua.

Hch 10,34a. 37-43

Sal 117, 1-2. 16ab-17. 22-23

Col 3, 1-4

Secuencia

Jn 20, 1-9

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¡Reventó la primavera! La vida se desborda por doquier. La vida lo es todo. La vida es Dios. Dios es la Vida y lo contrario es la muerte. Estamos hoy celebrando la vida. La victoria de Dios sobre la Parca, que gustó siendo humano, pero sobre la que ha salido triunfante. Este es el día en el que la acción del Señor, la creación, alcanza su plenitud. Hoy, “muerto el que es la vida, triunfante se levanta”. En el relato evangélico se nos presenta el proceso que lleva a este descubrimiento. En primer lugar, Magdalena evidencia que algo ha sucedido y lo interpreta de forma lógica: “se lo han llevado”. Pedro entra en el sepulcro y, viendo el panorama, queda absorto y Juan, finalmente, entra tras él pero con una novedad: ve y cree. Magdalena ve, Pedro constata y Juan cree. Así, podremos decir que, en primer lugar, viene el descubrimiento; algo ha cambiado, no es como pensábamos que era. Después, comprobamos que ese cambio se ha producido, pero no somos capaces de explicarlo. Por fin, se da el paso decisivo de ver, cambiar la perspectiva, comprender todo aquello que había sido anunciado o intuido; y con ese ver llega el creer. Ni es posible la demostración ni tampoco es necesaria. La evidencia da paso a la convicción y a partir de aquí todo es nuevo.

Jesús ha resucitado. La Vida se ha manifestado plenamente en él. Hasta este momento sólo lo había hecho de forma esporádica en milagros o curaciones. Había sido como un destello que se colaba por los resquicios. Jesús fue un ser humano real, de carne y hueso, pero en su intimidad había acogido plenamente al Dios que había decidido encarnarse en él. Fue la humanidad de Jesús la que posibilitó esta acogida hasta llegar a despertar por completo y reconocerse como Hijo de Dios, como Dios mismo andando por los caminos y pasando por las aldeas de aquella tierra, como Lucas nos recuerda, “haciendo el bien”. Pasó dejando que la vida se le escapase por los poros y llegase a todos. Así, Jesús alcanzó la Vida plena antes de morir y su muerte fue el acceso definitivo a su plenitud personal en cuanto que no dependía ya de esta realidad que nos es conocida a todos. 

Nosotros, en cuanto humanidad, podemos también acoger plenamente a Dios. Lo cierto es que Dios mismo está ya presente en nosotros desde el principio de nuestras vidas. Según nos decía el Génesis, es su aliento vital el que nos constituye en seres vivientes. Por eso, en vez de hablar de acoger a Dios habría que hablar más bien de dejarle ser en nosotros; de llegar a ser lo que somos, de ser verdaderamente vivientes; seres que, conscientemente,  participan de la Vida. Jesús dejó que Dios fuese en él y así llegó a ser quien todos conocemos. También nosotros podemos dejar a Dios ser en nosotros. De hecho, con su resurrección, Jesús nos ha mostrado no sólo nuestro destino final, sino, sobre todo, nuestra naturaleza más profunda. Somos ya, cada uno en diferente medida, Vida plena que se va manifestando entre resquicios. Jesús resucitó, hizo del resquicio puerta abierta, ya antes de morir físicamente. Por eso su resurrección pudo ser palpable para todos. Por todo esto, el autor de la carta a los colosenses nos anima a aspirar a “los bienes de arriba”, a no conformarnos con la vida tal como aquí se entiende. Estamos llamados a ser mucho más. Somos mucho más. Frente a cualquier adversidad, lo indeleble en nosotros es, precisamente, ese aliento vital, esa Vida que nos llama a gritos a entrar en nosotros mismos, a ver y a creer. Somos vida que está llamada a salir del sepulcro llevando a otros muchos con nosotros, porque acercarse a eso indeleble propio de cada uno es acercarse al de todos los demás. Somos vida, Resurrección, llamada a vivir conscientemente el paso, la Pascua, el tránsito, que es la muerte, para acampar en la Vida como pueblo en marcha.   


Lo indeleble


 

DOS LLAMADAS. Sábado Santo

 08/04/2023

Dos llamadas

Sábado Santo

Hb 4, 1-13   Si quieres leer el texto pincha aquí

Descenso del Señor a los infiernos   Si quieres leer el texto pincha aquí

Como sabemos, la liturgia no propone hoy más celebración que el rezo de las horas. En el oficio de lecturas se encuentran estos dos textos que iluminan nuestro día. Todos hemos experimentado la ausencia de uno, o de varios, seres queridos. Toda despedida supone para nosotros un desgarro. Por un lado, permanece la esperanza en que no ha de ser definitiva, por el otro, se alzan el dolor y la tristeza que surgen de la separación. Si renunciamos a adelantar tramposamente la alegría pascual para vivir la experiencia de vacío de este día podremos conocer el sufrimiento de quienes viven desesperanzados, sin confianza alguna o sin saber cómo expresarla. Esto nos colocará más cerca de esa porción de humanidad que no hace sitio para Dios en su vida. Este mismo abatimiento fue el que se cernía sobre los amigos de Jesús en estas horas. Años más tarde alguien escribiría los textos que hoy se nos proponen y todos los demás textos que nos van acompañando a lo largo del año, pero hoy no había diferencia entre ellos y los demás.

Creer es una decisión personal, viene a decirnos el fragmento de la carta a los hebreos. Hay quien elige creer y quien no. Creer es penetrar en un modo nuevo de existir; es el descanso que Dios otorga a quienes le siguen. Y para el autor de la carta quedarse fuera de ese descanso era algo temible. Para el autor de la homilía del Sábado Santo,  Adán, figura de la humanidad, duerme; es decir: permanece a la espera de ser despertado. Pero esa permanencia no le proporciona descanso, pues Adán habita lejos de Dios, en el abismo. Jesús, ha entrado  voluntariamente en su propio sueño, en su propia muerte, y esa decisión le permite no mostrarse inactivo. Desciende en persona hasta ese abismo para traer consigo a todos los que allí están. La humanidad y Dios forman “una sola e indivisible persona”.

Dos podríamos decir que son hoy las llamadas que en el vacío del día resuenan: en primer lugar, acercarnos a los desesperanzados; comprender su sufrimiento y, en la medida de lo posible, compartirlo ofreciéndoles nuestra propia esperanza como apoyo. Será necesario para ello, entre otras cosas, revisar el lenguaje y no partir de nuestra verdad, sino de su realidad. En segundo lugar, una llamada a despertar. Pese a toda nuestra fe también nosotros permanecemos dormidos en alguna medida. Dormir es entregarse a la inactividad, a un reposo que no sana sino que hunde en el precipicio. Pero dormir también es tener la posibilidad de despertar y de ponerse en camino. Despertar es dejar atrás imágenes de Dios y de mí mismo que atan e inmovilizan; es desechar ídolos y abrir los ojos para reconocer nuestra verdadera naturaleza en comunión con los demás y con Dios mismo; es comprender que Dios se ha hecho ser humano para poder acceder a todos nosotros en un lenguaje comprensible; es aceptar la invitación para ser portadores y constructores de esa misma encarnación. La espera de hoy frente al sepulcro no puede ser pasiva. Es momento de recordar a Jesús como a cualquier otro difunto; de agradecer su paso por nuestra vida; de valorar todo aquello que nos ha aportado; de discernir cuál será la mejor manera de retomar todo lo que con él hacíamos; de desvelarnos a nosotros mismos que las realidades que él quería transformar siguen estando cercanas; que lo que con él empezamos no puede caer en el olvido… Sólo esto hubiese sido ya para los amigos y amigas de Jesús motivo para ponerse en marcha y hacerle resucitar en su pueblo, pero además, en su caso, finalmente, terminó por reventar la primavera…


Dos llamadas